Cantemos Al Amor de Los Amores

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1. Cantemos al Amor de los amores, cantemos al Señor. Dios está aquí; venid adoradores, adoremos a Cristo Redentor. GLORIA A CRISTO JESÚS; CIELOS Y TIERRA, BENDECID AL SEÑOR; HONOR Y GLORIA A TI, REY DE LA GLORIA, AMOR POR SIEMPRE A TI, DIOS DEL AMOR. 2. Unamos nuestra voz a los cantares del Coro Celestial, Dios está aquí, al Dios de los Altares alabemos con gozo angelical. 3. Por nuestro amor oculto en el sagrario, su gloria y esplendor; para nuestro bien, queda en el santuario, esperando al justo y pecador. 4. Oh gran prodigio del amor divino, milagro sin igual; prenda de amistad, banquete al peregrino, do se come el Cordero celestial. 5. ¡Jesús potente, Rey de las victorias! ¡A ti loor sin fin! ¡Canten tu poder, autor de nuestras glorias, cielo y tierra hasta el último confín! 6. Tu nombre ensalzamos y alabamos con toda nuestra voz. ¡Rey de majestad, por siempre te aclamamos, y Señor de las almas, Cristo Dios! 7. Oh, sí cristianos fervorosos vamos a Cristo en el altar, y

San Juan Bosco Resucita a Un Niño, Lo Confiesa y Prefiere Ir al Cielo a Seguir Viviendo

Lo aquí expuesto es sólo un pequeño ejemplo de la extraordinaria obra que este Santo hizo, no sólo en Italia, sino en distintos paises de Europa en favor de los más necesitados. Signos increibles que han conducido a la fe a una multitud de personas.


Un muchacho turinés de quince años llamado Carlos agonizaba. Hizo llamar a Don Bosco, pero el santo no pudo llegar a tiempo. Otro sacerdote lo confesó, y luego el chico murió. Cuando Don Bosco regresó a Turín, fue inmediatamente a su casa. Le dijeron que había fallecido, pero el santo insistió en que “había un malentendido”. Tras rezar unos momentos por el joven, Don Bosco exclamó repentinamente: “¡Levántate, Carlos!” Ante el asombro de todos los presentes, el chico abrió los ojos y se incorporó en la cama. Al ver a Don Bosco se le iluminó la cara.

«¡Padre, yo tendría que estar ahora en el infierno! –dijo el chico con voz entrecortada–. Hace dos semana estaba con un compañero malo que me hizo pecar, y en la última confesión no me atreví a decirlo todo… ¡Acabo de tener un sueño terrible! Soñé que estaba al borde de una caldera gigantesca rodeado por un montón de demonios. Se disponían a arrojarme a las llamas, cuando de pronto apareció una Señora muy linda y se lo impidió. Me dijo: “Aún hay esperanzas para ti, Carlos. ¡Todavía no se te ha juzgado!” En ese momento oí que usted me llamaba. ¡Ay, don Bosco! ¡Qué alegría verlo otra vez! ¿Le importaría confesarme?»

Una vez lo hubo confesado, Don Bosco le dijo: «Carlos, ahora que se te han abierto de par en par las puertas del Cielo, ¿quieres ir allí o quedarte con nosotros?» El muchacho apartó la mirada por un momento mientras le saltaban las lágrimas. Se hizo un silencio sepulcral. «Don Bosco –dijo por fin–, prefiero ir al Cielo.” Los presentes observaban asombrados mientras Carlos se volvía a reclinar sobre la almohada, cerraba los ojos y regresaba al silencio de la muerte.»



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