Oración al Divino Rostro de Cristo

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Eterno Padre, Dios de infinito amor, bondad y misericordia, por el Inmaculado Corazón de María y en unión con San José y de todos los Ángeles y Santos y en nombre de todos los hombres y de las almas del purgatorio, te ofrezco el Rostro llagado, ensangrentado e inundado de lágrimas de tu muy amado Hijo. Te ofrezco este santísimo y adorable Rostro de nuestro Señor Jesucristo para expiar los pecados de todo el mundo, las blasfemias, sacrilegios e irreverencias; para la iluminación de tus sacerdotes y religiosos y por la conversión de todos los pecadores, en especial de los más obstinados; como también para las almas  del purgatorio. En tu rostro desfigurado por el dolor, reconozco la inmensidad de tu amor hacia mí. Imprime en mi corazón la imagen de tu divinidad, y dame un amor ardiente a Ti, para que un día pueda ver tu Faz glorificada. Amén. (Compilado por José Gálvez Krüger)

La Asombrosa Promesa de María a los Devotos de su Inmaculado Corazón

Durante las apariciones de la Virgen de Fátima que comenzaron en mayo de 1917, Nuestra Madre indicó una serie de promesas a quienes veneraran su Inmaculado Corazón.

En este artículo te acercamos la desconocida gran promesa que la Virgen hizo a sor Lucía para todos aquellos que se unieran a esta devoción.

Las promesas de la Virgen de Fátima y el Corazón de María

Cuenta Lucía que en 1917, preguntó a la Virgen si los llevaría al Cielo (a ella, y a Jacinta y Francisco). Entonces nuestra Santa Madre respondió:

“Sí; a Jacinta y a Francisco los llevaré pronto, pero tú te quedas aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón; a quien la abrace, prometo la salvación, y serán queridas de Dios estas almas como flores puestas por mí para adornar su trono”.

– ¿Me quedo aquí sola? – dijo con pena.

– No, hija. Yo nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”. ( Memorias de la hermana Lucía, p.192)

Varios años después, 10 de diciembre de 1925, la Santísima Virgen volvió a aparecerse y al lado, suspenso en una nube luminosa, un Niño.

Entonces el Niño dijo: “Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas.

En seguida dijo la Santísima Virgen:

Mira, hija mía, mi Corazón, está cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes.

Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que durante cinco meses, en el Primer Sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los 15 misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas. (Memorias de la hermana Lucía, p.192)

Pocos días pasado un mes, 15 de febrero de 1926, sor Lucía recuerda que volvió a aparecerse el Niño Jesús y le dijo: “¿Y tú has propagado por el mundo aquello que la Madre del Cielo te pedía?”

Lucía respondió que su confesor creía que la devoción al Inmaculado Corazón de María no hacía falta en el mundo, porque ya había muchas almas que recibían la Comunión en honra a la Virgen María. Pero Jesús le contestó:

Es cierto, hija mía, que muchas almas los comienzan, pero pocas los acaban; y las que los terminan, es con el fin de recibir las gracias que a eso están prometidas; pero me agradan más las que hagan los cinco Primeros Sábados con fervor y con el fin de desagraviar el Corazón de tu Madre del Cielo, que aquellas que hagan los quince tibios e indiferentes”.

¡Santa Madre, refugio de pecadores, ruega por nosotros! 

Tomado de CHURCH POP


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